Irina Shayk, perfeccionismo para una mujer hecha a sí misma

La modelo rusa, que estuvo a punto de ser pianista, contaba con 40 euros semanales en sus primeros años de carrera. Ahora su caché anual suma 65 millones

Irina Shayk en la inauguración de Porcelanosa en Castellón el 14 de diciembre de 2018. ANA CIAN GTRES

By María Pitarch |

Con Irina Shayk (Yemanzhelinsk, Rusia, 1986) se cumple aquello del veni, vidi, vici. La top model rusa lo ha demostrado en uno de los últimos eventos públicos en los que ha participado en España, como imagen de la firma Porcelanosa. En Castellón ha amadrinado su nueva tienda, la tercera de la que es musa tras las de Nueva York y Londres. 2.000 metros cuadrados de glamour. Ese mismo por el que el grupo cerámico la reclama y que ella identifica con “la personalidad y la inteligencia”. Aquí ha desfilado de nuevo por la alfombra roja. Un escenario común. Pero insiste: “Fuera de ella soy una persona normal”.

Ha hecho del carisma su bandera. Su fortín para blindarse de las inseguridades y complejos que le asaltaron en el pasado. Su tez morena, sus labios gruesos, el hecho de ser zurda o su forma de vestir fueron objeto de burla y acoso en el colegio, y alimentaron sus inseguridades. Sus complejos. Llegó a decir tras su ruptura con el futbolista Cristiano Ronaldo en 2015 después de un lustro de relación que una mujer se siente fea “cuando tiene al hombre equivocado a su lado”. Apeló también entonces a la falta de honestidad como otro de los posibles motivos del desenlace.

Pero Shayk parece haber dejado atrás esa inseguridad. Más de una década en el mundo de la moda —“un trabajo que amo y que me deja haber estado al lado de leyendas como Riccardo Tisci, Donatella Versace, [los fotógrafos] Mert y Marcus o Luigi Miano”— han contribuido a forjar una base vital sólida. Trabajo, constancia y nuevos retos. “Soy Capricornio y una perfeccionista. Nunca me detengo, siempre intento ir a por el mejor resultado posible. Me encanta desafiarme. Me he hecho a mí misma”, explica en una entrevista a EL PAÍS. Y tanto. Admira a quien, como ella, construye “literalmente de la nada” y a golpe de dedicación un proyecto exitoso.

Ella lo es. Llegó a vivir con 40 euros a la semana en sus primeros años como modelo. Ahora factura 65 millones de euros en un año entre contratos publicitarios y pasarela. Sobre ésta saltó casi de rebote, después de que su hermana mayor, Tatiana, le rompiera un dedo y no pudiera presentarse a los exámenes de piano. “Me alegré”. Iba para pianista, como su madre. “Lo odiaba”. Así que probó suerte en París como modelo, en plena adolescencia, para echar una mano en casa tras la muerte de su padre.ampliar fotoIrina Shayk, en un acto de Porcelanosa en Castellón. Getty Images

Tanto en lo profesional como en lo personal, recorre el camino que ha elegido. “Con las personas leales que me rodean, con familiares a quienes amo, con amigos que son honestos, sinceros y en quienes confío. Ellos son mi presente y serán mi futuro”, responde. Aquí, en este grupo de leales, se cuelan su actual pareja, el actor estadounidense Bradley Cooper, y su hija Lea de Seine, de casi dos años, con quienes vive en Nueva York. Con ellos ha vuelto al anonimato selectivo y elegido. Lejos de la proyección mediática que vivió junto al astro del fútbol en Madrid. Confirmó su embarazo sin palabras, desfilando por primera vez para Victoria’s Secret en 2016.

Shayk es una musa, aunque advierte: “No me considero un icono. Soy una mujer como cualquier otra que trabaja constantemente para ser una mejor persona”. Su filón publicitario es incuestionable. Hay quien dice que es ya el relevo de toda una diva del mundillo como Isabel Presyler. La modelo evita el tema. “Es una maravillosa mujer. Dulce, increíblemente elegante y encantadora, inteligente y carismática. Es una de las mujeres más glamurosas que he conocido”, afirma sobre Preysler. Porque una mujer con glamour es, repite, una mujer “inteligente, con carisma y personalidad”. “Fuerte y femenina al mismo tiempo. Una mujer que no sigue la moda, sino que crea su propio estilo, un estilo único”.

El glamour, incide, va más allá de lo estético. “Puedo sentirme glamurosa incluso con vaqueros y camiseta”. También, por supuesto, con el vestido de terciopelo negro y brillantes de Fendi valorado en más de 4.000 euros que eligió para su última puesta en escena en España.

Irina Shayk reivindica la normalidad, pero sobre la alfombra roja evoca mucho más que eso. Y marca tendencia, aunque rehúse de ello en sus respuestas. Las pruebas: sus 11 millones de seguidores en Instagram. Y las probables cientos de cartas que viajarán esta Navidad rumbo a Oriente con el aterciopelado vestido de la firma italiana encabezando la lista de deseos. 

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